Inca Kola celebra a los bodegueros del Perú

Hay algo profundamente especial en la forma en que los peruanos viven el día a día. Las historias más conocidas siempre están marcadas por celebraciones, platos emblemáticos de la gastronomía nacional, variadas melodías de músicas típicas y, desde hace 90 años, una bebida de sabor inconfundible: Inca Kola. Sin embargo, también hay héroes silenciosos que sostienen esta rutina: emprendedores que abren sus tiendas al amanecer y que convierten su negocio en hogar y su esfuerzo en legado.

Porque todo barrio tiene su punto de encuentro: esa bodega donde el intercambio va más allá de lo comercial y se convierte en confianza. Las bodegas son mucho más que negocios, son espacios donde se construyen vínculos, se comparten historias y se hace frente a los cambios, una estantería a la vez.

Cada 12 de agosto, el día del bodeguero, es una oportunidad para reconocer su dedicación y compromiso que hace posible mantener vivas las comunidades y, de manera inconsciente, construyen el Perú que todos queremos. En el país, hay un alrededor de 535 mil bodegas, y solo en Lima se concentran más de 150 mil, según la Asociación de Bodegueros del Perú (ABP). Estas son las historias de dos de ellas.

Kapuy Market: honrando un legado familiar

En Pueblo Libre, Junior Estelita aprendió desde niño el valor de abrir temprano y cerrar tarde, entre botellas y anaqueles. Su bodega familiar inició hace 25 años como un sueño de sus padres, quienes llegaron desde la selva con experiencia en comercio y el deseo de empezar de nuevo. Fundaron su tienda y, como símbolo de cariño y buena suerte, le pusieron el nombre del hijo menor: “Junior”.

Pero hace tres años, cuando su padre enfrentó una operación delicada, Junior decidió asumir el liderazgo del negocio familiar. Pero no solo para continuar: quería transformarlo. Así nació Kapuy Market. "Quise devolver a mis padres todo lo que hicieron por mí, dándole al negocio un ADN propio, apostando por la tecnología y nuevos medios de pago", cuenta con entusiasmo.

“Kapuy” viene del quechua y significa “tener”, y hoy el local hace honor a ese nombre: tiene de todo, y tiene a todos. “Mi mamá es cajera, mi hermana ve la contabilidad, mi cuñado y mi prima apoyan en atención. Mi papá es quien organiza las cuentas y yo manejo la estrategia, marketing y redes sociales”, comparte Junior, quien además es estudiante de comunicación audiovisual y se ha convertido en un activo creador de contenido en TikTok, mostrando el día a día del canal tradicional con frescura y autenticidad.

Pero Junior también recuerda los sacrificios y dificultades. “No es lo mismo trabajar para otros que trabajar con el dinero que tu familia confía en ti”, dice. Tuvo que capacitarse y aprender sobre el negocio digital y diseño. Fue en ese proceso que se integró a la Escuela de Negocios del Sistema Coca-Cola que lo apoyó desde lo operativo hasta lo estratégico: desde el equipamiento hasta la formación continua.

Hoy, como embajador de la iniciativa, lleva ese mensaje a más emprendedores: el de que pensar en grande sí es posible. “Si vas a tener una bodega, conviértela en la mejor de tu zona, luego de tu distrito, y por qué no, en la mejor del Perú. Pero para eso hay que capacitarse, trabajar duro y aprovechar cada oportunidad”, expresa.

Junior no solo continuó el legado de sus padres, lo llevó al futuro con creatividad y orgullo por lo hecho en Perú, lo hecho en casa. Porque cuando el trabajo se hereda y se reinventa, las bodegas también se convierten en sueños que se expanden.

Bodega Breysi: una historia construida de la mano

En San Martín de Porres, Sonia Chávez nos recibe entre sonrisas y experiencias acumuladas durante 22 años de trabajo. La Bodega Breysi nació del amor y las ganas de crecer en familia. Porque, en su caso, el hogar y el negocio fueron construyéndose al mismo tiempo, al mismo ritmo. "Mi esposo inició el negocio, y yo decidí sumarme para apoyarlo y construir algo juntos", recuerda.

Sonia lo conoció cuando él ya era bodeguero, y pronto se convirtió en su compañera. Años después, en 2003, abrieron una segunda tienda, esta vez para ella. Desde entonces, han trabajado de la mano, como socios y como esposos, construyendo no solo un negocio, sino un hogar alrededor de él. “Queríamos construir algo propio, algo que nos permitiera estar más cerca de la familia, en ese entonces ya teníamos a mi primera hija, ya luego vino la segunda”, cuenta.

Esa cercanía es, hasta hoy, su mayor motivación. Su hija mayor ya es profesora de educación inicial y madre de familia, mientras que la segunda está a punto de terminar su carrera como comunicadora. La emoción se le nota en la voz: “todo lo que tenemos, nuestra casa, nuestros viajes, nuestras metas cumplidas; han sido gracias a este trabajo, a la bodega, y a no rendirnos nunca”.

Porque no todo ha sido fácil. Robos, días sin venta, sacrificios sin horario. Desde el inicio trabajan con reja cerrada por seguridad, pero nunca cerraron la esperanza. Su mayor logro, dice Sonia, ha sido resistir: “seguir adelante. Esa es nuestra historia”.

Durante todos estos años, Sonia ha conocido a cientos de clientes que no solo han confiado en sus productos, sino también en ella y en su familia. Algunos vienen por una bebida, otros por los ingredientes del almuerzo, y muchos simplemente para conversar un rato. Esa cercanía cotidiana es lo que más valora, y también lo es el apoyo que ha recibido en este camino. “Coca-Cola fue la primera empresa que confió en nosotros. Nos dio nuestro primer equipo de frío y eso nos ayudó a exhibir mejor, a vender más, a crecer”, recuerda con gratitud. Hoy no solo agradece por ese inicio, sino también por las promociones, las canastas, los sorteos y todas las herramientas que mantienen el negocio activo y a los clientes motivados.

La historia de la Bodega Breysi no tiene titulares ruidosos, pero sí una enseñanza profunda: cuando el amor y el trabajo caminan juntos, incluso los días más duros se convierten en parte del triunfo.

Un sabor que acompaña 90 años de historias

Así como Sonia y Junior, miles de bodegueros han sido silenciosos guardianes de ese tejido social. En cada historia, entre bolsas, vitrinas y libretas de crédito, hay una presencia constante que no necesita presentación. Al fondo de cada local, en la refrigeradora que apenas cabe en la pared, una Inca Kola bien fría siempre acompaña la escena. Está ahí desde siempre.

Inca Kola no ha sido solo una bebida. Ha sido parte del mobiliario emocional de las bodegas. Este 2025, la bebida dorada del Perú cumple 90 años de estar donde realmente importa, ya sea en las manos del emprendedor o en la mesa de miles de peruanos, tanto en el país como en el extranjero. Es una marca hecha en casa, nacida por y para peruanos, que ha crecido junto a quienes mueven el país cada día: desde los operarios y transportistas, hasta los más de 331 mil bodegueros del canal tradicional que forman parte del Sistema Coca-Cola en el país.

Porque si las bodegas son el alma del barrio, Inca Kola es esa burbuja que une generaciones, costumbres y sueños. Un símbolo que nos recuerda que lo hecho en casa también es capaz de trascender. Que nos une el país que queremos.